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Temor de sábado

Tengo una confesión. Yo no trabajo los sábados. No es una confesión que ocasiona problemas pero sí lo es una que conlleva circunstancias. ¿Cuáles? Cada día, cada hora tengo que trabajar porque cada día que no lo hago, el trabajo del día anterior se borra en el distante futuro.

 

Por eso la confesión es tan importante y muchas veces saludable. En términos griegos, diríamos que nuestro trabajo como empresarios es como aquel de Sísifo tratando de llevar una gigantesca piedra por la ladera de un valle, sabedor que nunca, absolutamente nunca, alcanzará la cima. Y no es un final trágico. Él espera siempre y cada día llegar a la cima. Realiza su trabajo con gusto porque sabe que ese es su destino, y sabe que si algún día rompe su futuro y logra llegar a la cima, dejará de cargar aquella piedra.

 

El empresario tiene esa misma ilusión. La piedra, analogía casi perfecta, que lleva todo empresario día con día vuelve a deslizarse hacia abajo haciendo que el trabajo sea más pesado. Pero no cabe duda que se logrará pronto, lejos, siempre o nunca, llegar a aquella cima tan preciada como la libertad. O tal vez, todo sea tan simple y menos trágico-cómico. Tal vez, el trabajo de día con día es así como la tan imaginativa frase dictamina: perseguir la chuleta, pero claro está, haciéndolo de manera un tanto más divertida.

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