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Soy la serpiente – cuento

En reverencia, doña María se persigna dos veces frente al altar. Acerca la diestra a la veladora y el calor lame el polvo de su mano. Sus labios se mueven en trance. Las oraciones no

En reverencia, doña María se persigna dos veces frente al altar. Acerca la diestra a la veladora y el calor lame el polvo de su mano. Sus labios se mueven en trance. Las oraciones no recorren su boca sino que ésta las transita en un serpenteo que sisea exhalaciones. Los reclamos dirigidos al cielo rebotan contra la purísima. Vuelve a persignarse antes de que se escuche el chancleo que abandona la iglesia.

A doña María le compran tres paquetes de tlacoyos y uno de gorditas de chicharrón antes de las doce. Las misas junto con el rosario le dejan una buena cantidad de clientas cuando su patrona le hace el favor. El calor se trepa por las campanas y resbala por los decorados barrocos para atravesar con ahínco el árbol de buganvilias que la protege. La doña se levanta. Basta de comida para extraños, pronto llegaran sus niños a la casa y esos no son como sus compradores, esos siempre tienen hambre. Sobre la estufa, el comal hace que las tortillas giman, desesperadas las flautas silban en el aceite. La comida es callada. El hambre hace que los hombres se concentren en su tarea, el tiempo es corto, dan las gracias antes de salir para continuar con la jornada. Así como las llamas lamieron sus manos, sus hijos lamieron los platos con las tortillas. La comida termina con una sonata de despedida, el baño de agua caliente más que relajar vuelve las manos de la doña tersas. Duras como piedra de lavadero.

María vuelve a su puesto, la buganvilia le reservó su lugar, unos tordos silban para recibir a la santa patrona que les regala restos de tortilla cuando sus hijos no acabaron con la provisión del día. El atardecer se come los clientes hasta que el movimiento de la iglesia es nulo. María pasa a despedirse, va a su altar, a ver su encierro. En su lugar hay otra, no es de piedra, ni de barro, ni siquiera de maíz. La figura pisa su propio vestido de coatl. Pecado de pecados, no nos perdonas en este infierno. Para mi madre, Tonantzin.

 

Escrito por Axel Plmx

Correo: plooconmx@yahoo.com.mx

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