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Lo raro es amigo de lo feo, dicen, o ¿es amigo del ignorante sin voluntad?

Hace tiempo trabajé en una Unidad Básica de Rehabilitación física. Durante mi desempeño en esa área, me cuestionaba por qué todos hacían hincapié e insistían en referirse a las personas con discapacidad como personas especiales

Hace tiempo trabajé en una Unidad Básica de Rehabilitación física. Durante mi desempeño en esa área, me cuestionaba por qué todos hacían hincapié e insistían en referirse a las personas con discapacidad como personas especiales o con capacidades diferentes. Pues considero que absolutamente todos con y sin discapacidad somos especiales y desarrollamos capacidades, las mismas de acuerdo a nuestros recursos. Hace años un amigo ciego me dijo, “No somos invidentes; vidente según la Real Academia de la Lengua es una persona que intenta adivinar o predecir el futuro y a mí me vale el futuro. Así que por favor dime ciego. Solamente no veo, no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Tiempo después un amigo con hipoacusia me dijo, “Es cansado que me digan sordomudo y tener que explicar que no soy mudo”. Y así es.  Mi amigo se expresa verbalmente y lee perfectamente los labios. Ambos tienen una vida completa y plena, con familia, trabajo y un gran sentido del humor. Son los mejores contando chistes de todas las categorías -hasta los crueles en todos los temas incluso de discapacidad-.

 

Todos en algún momento nos sensibilizamos con el tema de discapacidad y más si son niños. Pero a decir verdad no estamos preparados para socializar totalmente con ellos. Y mucho menos estamos listos para ser incluyentes sin distinción ni etiquetas. No hace mucho me tocó presencial en un centro comercial una mamá que llevaba de la mano a un joven con Síndrome de Down y junto a ellos pasaron otra mamá con una niña. En ese momento la niña intentó acercarse al joven y él le sonrió de regreso. La mamá de la niña se asustó y jaló a la pequeña diciéndole en voz baja, “Déjalo, él está enfermito”. Fue en ese momento que pensé, “¿Enfermo?”. El joven nació con un síndrome y su hija solo quería saludarlo. Aquella niña lo vio como igual, sin juzgarlo por sus rasgos físicos. En la mente de la niña seguramente no había evidencia de síndrome del muchacho. Ahora que recuerdo ese momento, no dudo que una niña haya sido amigable precisamente porque sus padres sean así, amigables. Y que cuando la mamá comentó que el joven estaba enfermo, lo hizo sin ánimos de ofender en absoluto. Pero lo que sí es evidente es que en toda la situación, lo que estuvo presente fue una falta de información. La discapacidad no se contagia, solo nuestra apatía.

 

Consideramos que las rampas, los sistemas de orientación para invidentes, entre otros apoyos son la forma de ser incluyentes. Creemos que con usar lazos de colores en el pecho, o haciendo donativos para causas sociales a favor de personas con discapacidad ya logramos cumplir con nuestra parte. Somos una sociedad, en donde todos somos importantes, donde todos nos vinculamos. Y a medida que una parte de la población padece o carece de algo, en tanto otros permanecemos indiferentes, seremos afectados todos. En muchas de las personas con discapacidad congénita o adquirida o con enfermedades crónico-degenerativas hay potencial y habilidades productivas que pueden desarrollar en mayor medida sí sintieran esa seguridad de inclusión en la sociedad. No esperemos a tener un conocido o familiar con discapacidad para informarnos. Si tenemos oportunidad de conocerlos más, hagámoslo, no cuesta mucho, solo la voluntad. Todos somos susceptibles a experimentar la discapacidad. Comienza por ver la película Mi nombre es Khan, y si lo haces en familia será una grata experiencia para ti.

 

Escrito por Araceli Guerrero

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