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Desde Vacas, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré viendo niños disfrutar de sus vacaciones. Hace tiempo no caía en cuenta de que el mes de julio es el momento pleno de vacaciones para aquellos que siguen en educación básica y la mayoría de jóvenes que están en universidad. Parte de crecer tiene que ver con renunciar -involuntariamente- a esos momentos de ocio llamados vacaciones escolares. Si bien el ocio tiene un valor en sí mismo, pocas veces se le dedica un tiempo tan específico como cuando uno es estudiante-hijo de familia.

 

Recuerdo que mis vacaciones más memorables tenían que ver con salir a alguna costa del estado de Oaxaca o Guerrero. En una camioneta Dodge Dart K de color café el verano tomaba sabor de carretera. Gracias a esos largos viajes en pista mis tíos entrenaron mis oídos para apreciar a los Enanitos Verdes, Los hombres G, a Miguel Mateos y a todos aquellos grupos que venían en el lado a y b de casetes caseros cuyas caja-estuches estaban rotuladas como Éxitos de Rock en Español Vol. 1. Aún hoy sigo escuchando a los grandes del Rock-Pop en español, aún hoy esas canciones me siguen trayendo lejanos y viejos sabores de veranos playeros de arena y risas en exceso.

 

Pero también hubo otros veranos, aquellos en donde por diversos motivos había que permanecer en la ciudad. La playa cedía su espacio a tardes completas en el parque local. Los amigos de infancia eran el perfecto equipo de basquetbol del Huayas; los mejores campistas para pernoctar en terrenos de Tlaxcala o Parres; los exploradores más temerarios que oyeron “la carroza”, vieron a “la llorona” y durmieron entre perros ferales de Parres –sin siquiera recibir una mordida; los retadores más avezados de Mario Kart/Smash Bros; y los testigos más silenciosos de incendios de cocina –nunca metan papel aluminio al microondas. En fin, ya sea cayendo de un burro en medio del monte o de una cuatrimoto en plena carretera, las vacaciones se volvieron no sólo una pertinente selección natural, sino momentos felices.

 

Actualmente algunos de esos amigos no sólo nos volvimos adultos sino que creamos un lazo filial. Y juntos  deseamos que nuestros niños, nuestros ahijados vivan –y sobrevivan- sus propias aventuras, sus propios retos, pero principalmente, que sientan sus propias carcajadas salir de sus honestos pechos. Hoy, disfruto verles/saberles felices en estas vacaciones que son más suyas que mías.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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