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Desde Torres Quintero, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré la Plaza Torres Quintero, muy cerca de la calle de República de Bolivia, en el centro histórico de la Ciudad de México. El lugar es una

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré la Plaza Torres Quintero, muy cerca de la calle de República de Bolivia, en el centro histórico de la Ciudad de México. El lugar es una plaza muy poco conocida y tragada -literalmente- por el comercio ambulante de la zona cercana al barrio de Tepito. Al centro de la plaza se yergue una torre misteriosa en tanto que el tiempo ha desaparecido la razón de ser y finalidad de dicha construcción. El origen y función de dicha torre ha quedado en el misterio aún para los que viven en los alrededores. Sin embargo hay quien se aventura a lanzar diferentes hipótesis con el fin de desentrañar y acabar con el desconcierto de semejante mole enclavada en un lugar tan escondido (hipótesis que van desde ser un reloj inconcluso hasta ser un pozo de agua).

El día de hoy, a un día de cerrar el 2016 pienso en cómo las preocupaciones varían de acuerdo a la edad. La incertidumbre de lo que el próximo año traerá es diferente para aquellos infantes expectantes y ansiosos de la llegada de los Santos Reyes, mientras que para la mayoría restante noticias como el gasolinazo, el alza del dólar, la baja de la economía y demás encabezados de periódico se ciernen sobre nosotros como arcanos celestes que presagian un funesto porvenir. El próximo año e incluso el futuro –en términos generales- se me asemeja mucho a la torre de la plaza Torres Quintero, enorme pero hermético, bello pero misterioso, desconocido para todos y totalmente apartado de lo común –lo digo porque la torre desentona totalmente del bullicio del tianguis de la calle Joaquín Herrera. El futuro no está obligado a ser funesto en tanto exista vida capaz de apreciar y generar belleza y amor. El futuro es la oportunidad que se adquiere solamente con un presente virtuoso, procurado afanosamente y trabajado con empeño.

Junto con las anteriores reflexiones en la cabeza, continúo mi paseo por el tianguis de juguetes, sobre calle Joaquín Herrera. Lucho porque pueda más en mi la emoción infantil del futuro –esa misma que se siente al pensar en los juguetes que el próximo año traerán los Santos Reyes- en vez de unirme a ese grupo de pesimistas que ya etiquetaron como funesto un año que aún no llega.

 Escrito por Erick Aguilar

 Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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