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Desde Tigre, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré bajando del tren que me llevó a la ciudad de Tigre. Recuerdo que al segundo día de pisar tierras porteñas aguanté la llovizna nocturna, el viento

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré bajando del tren que me llevó a la ciudad de Tigre. Recuerdo que al segundo día de pisar tierras porteñas aguanté la llovizna nocturna, el viento y el frío a lo largo de mi caminata hacia Puerto Madero, por un solo objetivo: llegar al Río de la Plata y fascinarme con su inmensidad. Hoy a una hora en tren de Buenos Aires, en un día soleado y en buena compañía conozco la unión del Río Paraná y el Río de la Plata. En el delta del Paraná se forman muchos islotes que a su vez definen los cauces de ríos como el Luján y el río Tigre –que le da nombre a la ciudad. Dichas islas son lo que hace de Tigre un lugar especial.

 

Con una población de menos de 310 mil habitantes, la ciudad de Tigre ha aprendido a vivir y hacer ciudad con un río urbano continental. En los islotes se alzan casas altas con muelles cuya única forma de acceso es a través de lanchas. Es común ver lanchas de motor pequeñas que son el medio de transporte de los habitantes. También existen lanchas colectivas que cumplen la función de cualquier autobús de transporte público, lanchas policía, lanchas colectoras de basura que los habitantes dejan en cestas ubicadas en sus muelles y lanchas de abastecimiento que por un módico precio llevan agua en garrafones a las casas y demás productos de alacena. Una vez a la semana una lancha medica visita a las diferentes islas-casas para asegurar la salud de sus habitantes. La gente de Tigre, que vive en los islotes no tiene reparo en remar en skiffs individuales o de varias plazas, kayaks o usar lanchas o motos de agua para transportarse en su vida diaria. Además a lo largo de la vera del río existen varios clubs de remo tanto nacionales como extranjeros que llenan de remeros al sitio. Las típicas lanchas de turistas hechas de madera y con amplias ventanas –llamadas catamaranes– transitan entre el ir y venir de embarcaciones de varios tamaños, incluso hay yates que ostentosamente navegan por el río.

 

Ya en tierra, el mercado del llamado Puerto de Frutos, junto con los juegos mecánicos del Parque de la Costa es un referente y parada obligada. El Puerto de Frutos era un puerto estrictamente de transporte de mercancías, actualmente es un lugar en donde se pueden comprar artesanías pero principalmente ornamentos domésticos de todo tipo, material y tamaño. Al entrar a una de las tantas tiendas buscando mi clásico caballito tequilero –souvenir obligado de donde sea que voy- fue grande mi sorpresa al encontrar un retrato de un entrañable personaje. Graógraman o la muerte multicolor, estaba colgado en una pared justo de frente a mí, para quienes no conocen La Historia Interminable (Michael Ende), Graógramanes un entrañable pero no por eso menos feroz león multicolor que muere de noche y vive de día, condenado a la soledad en tanto todo lo que toca muere, un desierto lo acompaña siempre. Volver a apreciar la misma pintura que vi cierto día en la Lagunilla me despertó bobos y bellos recuerdos, incluso presencias. Esta vez, no estuve dispuesto a abandonar a mi querido Graógraman, esta vez a como dio lugar se fue conmigo. Cargar el pesado cuadro de madera de 1.20 x .5 mts. por el resto de la jornada, subirlo con precaución al tren y al respectivo bus de regreso a casa seguramente fue una forma de hacer honor a esos bellos recuerdos sin los cuales no habría tanta alegría en mí, ni existirían tantos matices en mi alma.

 

Hoy Graógraman me mira desde un rincón junto con mis maletas en espera de que lo embale con un cariño y ternura prestados para llevarlo y colgarlo cuidadosamente en la estancia de un 9° piso y volverse fiel testigo de lo que pase en mi hogar.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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