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Desde Santiz, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en uno de estos lugares de boyante turismo internacional, en cuyo aeropuerto tan pronto baja uno del avión pasa por una sección de mostradores grises donde

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en uno de estos lugares de boyante turismo internacional, en cuyo aeropuerto tan pronto baja uno del avión pasa por una sección de mostradores grises donde personas en playera opacas no dejan en claro si son funcionarios gubernamentales o representantes de ventas de caros hoteles que se lanzan contra los recién llegados turistas. El engaño se da desde el principio. Si uno no cae en manos de alguno de estos vendedores disfrazados, se enfrenta a taxistas que hacen su agosto. Incluso para un turista nacional que se precie de conocer las diferentes formas de embaucar turistas ir a Cancún es un reto. El aeropuerto con sus diferentes terminales y un tipo bus –por darle un nombre- con muy poco espacio para transportar volúmenes grandes de personas es sólo la muestra última de una carencia de planeación que se observa más allá del aeropuerto.

 

Al otro lado del Atlántico hay un lugar llamado Santiz, un lugar donde la buena gente hace su propio vino, cría ganado y vive en una especie de tiempo que no corre como en las grandes ciudades. La gente que ahí vive –no más de 150 personas- también tiene dificultades, sale a la ciudad más cercana a comprar provisiones debido a que no hay almacenes cercanos, manda a sus hijos a estudiar el bachillerato fuera debido a la falta de instituciones de educación media en la localidad, entre otras vicisitudes de la vida en soledad que sólo se puede dar en un pueblo. Sin embargo, esa vida en soledad es muy probable que haya hecho a algunos habitantes de Santiz tremendamente cálidos y hospitalarios, una comida el domingo con los amigos, o una paella para un par de extraños que a la segunda jarra de vino se vuelven familia, en fin, a veces la soledad nos hace valorar lo que de otras formas pasa desapercibido.

 

Cancún es un espejismo tipo las Vegas sólo que sin la planeación urbana que llevaron a arrancar un trozo de desierto para convertirlo en algo más llamativo. El lugar tiene increíbles atractivos naturales que tristemente mercenarios de cierto partido político que ama a los tucanes y que se dice ecologista han empacado y etiquetado para su venta por volumen sin reparar en las consecuencias socio-ambientales ya no del largo plazo, sino del corto. Quizá haya que dejar a Cancún en soledad un buen rato, a ver si pasa algo como lo que sucede en Santiz y cuya magia me fue compartida por la familia Prieto, gracias.

 

Escrito por Erick Aguilar

 

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

 

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