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Desde  el punto más occidental, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en el punto más occidental del continente Americano –lugareños dixit. Nunca me he considerado fanático de la playa, de hecho procuro evitarla. Mucho de mi recelo a la playa tiene que ver con la insoportable contaminación de las playas de Acapulco que presencié de niño y el asqueroso clasismo que atestiguo cada que el viento –y las escalas de vuelo- me llevan a Cancún.

 

Tras una noche de bailar Forro –se pronuncia “Fojó”- y beber cachaça terminé caminando por Cabo Branco. El malecón iluminado por las farolas nocturnas, la tranquilidad de un viento suave y el ruido de fondo de las olas son el ambiente que acompaña nuestros pasos. A las 4 am, junto con un grupo de tres nuevas amigas decidimos regresar a nuestros respectivos alojamientos. Curiosamente mi alojamiento es el más lejano y los hostales de las chicas quedan de paso. Con celulares sin señal y sin batería para usar alguna aplicación de transporte decidimos emprender la marcha. Afortunadamente el malecón es la ruta más directa así que mientras caminamos presenciamos la belleza de una costa y playa nocturna. A veces abrazados, a veces separados seguimos nuestra marcha y antes de cambiar la ruta, caemos en cuenta de que estamos en el lugar más occidental del continente Americano, lo que significa que aquí amanece antes que en el resto del continente. Nuestros ojos no nos engañan, antes de las 5 am y volteando la vista hacia el mar vemos como tenues rayos de luz empiezan a colonizar la salvaje obscuridad.

 

Viajar en avión y cierta suerte le permiten a uno ver desde la ventanilla la división entre día y noche. Es clara en tanto uno esta a 10 mil metros de altura. En Cabo Branco y debido a la longitud de la playa pudimos ser conscientes de estar en esa división. Parados frente al mar, a nuestra derecha un sol en ciernes y a nuestra izquierda una noche en retirada. Las chicas buscan inmortalizar el momento con fotos, yo me contento con contemplarlas, agradecer por su belleza y por el nuevo día.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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