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Desde Pinamar, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en Pinamar.  Entre las costa blanquecinas la gente camina, los más temerarios se meten al frío mar y uno que otro can se acerca a olfatearnos. Nosotros caminamos y vemos cómo el viento forma hilos de arena blanca entre nuestros pies. Tin y Bastian –el último me recuerda al protagonista de la Historia Interminable- juegan descalzos en la playa, corretean y hasta se entierran en la húmeda arena. Con el mate de testigo, inspeccionamos conchas y piedritas de mar y hasta quemo a la filósofa mientras aprendo a cebarlo.

 

En la noche pre-celebramos a Bastian; Giannina ha hecho un delicioso postre y Christian junta las piñas para iniciar el fuego en el asador. Ignacio ha venido de la Escuela Naval para acompañarnos a cenar y en breve debe regresar al internado militarizado. Tenemos tiempo para un parlato en lo que los choris salen del asador. A sus 19 años Ignacio decidió optar por una vida de disciplina castrense, dura para un mundo cada vez más acostumbrado a la zona de confort, anacrónica para individualistas a ultranza, confesos del culto al “éxito” y cuyo espécimen más salvaje es Donald Trump. Al calor de las brasas aprendo máximas como “El sudor en tiempo de paz ahorrará sangre en tiempos de guerra”. Ignacio nos relata lacónicamente su entrenamiento, me sorprendo con la magra alimentación que referencia, admiro su fortaleza para enfrentar la pesada carga física y académica que lucha por sacar a flote y pregunto por sus imágenes mentales para superar situaciones límite propias de su entrenamiento. Tras su partida –el permiso de salir fue de sólo unas horas- su padre nos habla de cierta vocación de servicio a los demás que ve en su primogénito desde hace algún tiempo.

 

Hoy existe un gran revuelo entre la alta burocracia mexicana respecto a bajar los obscenos sueldos de los servidores públicos. Corren ríos de tinta que presagian una fuga de funcionarios especializados, un vaciamiento de personal que ante el anuncio de la disminución de sueldos no dudará en abandonar su puesto y alquilarse con el mejor postor. Recuero dos grandes enseñanzas que Manuel Quijano me dio: 1. El servicio público es –o debería ser- una vocación y 2. Si deseaba hacerme millonario era mejor irme a vender droga a la salida de cualquier metro en vez de quedarme en las aulas universitarias. Nuestros opinólogos ignoran la mística que hay en el servicio público, mística que por olvidada hace pensar que cual mercenarios aquellos burócratas especializados que dejen de percibir altos sueldos –obscenos par un pueblo con más de 50 millones de pobres- saldrán en desbandada a los brazos de cualquier compañía que les aseguré la continuidad de su zona de confort. No dudo que será así en muchos casos, incluso lo deseo.

 

En Uruguay compartí el pan, la sal y el vino con un joven de 19 años que amén de saber que el sueldo de un marino es bajo en comparación con el de un marino mercante, entiende a cabalidad la importancia del servicio público, el servicio a mi hermano el hombre –Quijano dixit. En unos años, seguramente Ignacio entenderá la mística subyacente a dicha actividad. Mientras eso sucede, bebo mi copa de Tanat, saboreo un choripancasero y siento la tranquilidad de saber que independientemente de las geografías, existe sangre nueva dispuesta a revitalizar el cuerpo que sucios mercenarios han corrompido por años. Mi admiración y profundo respeto para ti Ignacio La Cava.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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