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Desde Orsay, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré rememorando mis pasos por el Museo de OrsayMusée d’Orsay-, Paris. El lugar tiene la particularidad de haber sido construido en 1898 con el motivo de formar parte de los recintos que recibirían la Exposición Universal de 1900, en Paris, Francia. Curiosamente su función primaria era la de ser una estación de tren que enlazara a los asistentes a dicha feria, sin embargo su bella fachada y fina arquitectura le dan un aire de palacio. Es tan bello que actualmente su función es únicamente la de un museo que alberga obras de arte a la luz de los vitrales semicirculares que componen su techo y siempre vigiladas por un enorme y arquetípico reloj de estación de tren que esta colgado al fondo de la construcción.

 

Ya mencioné que el origen de tan bello lugar se da a partir de la realización de la Exposición Universal de 1900; el tema de las Exposiciones Universales merece una mención especial. Tales eventos fueron hechos emblemáticos del siglo XIX en tanto se consideraba que el conocer los mejores avances –industriales y tecnológicos- del mundo occidental, automáticamente llevarían a un progreso humano generalizado. La idea hoy puede parecer pueril y hasta descabellada, pero vale la pena esforzarse por entender la mentalidad de la época justo como lo describe Tenorio en su Libro Artilugio de la nación moderna:

 

“Se daba por sentado que la libertad de lucrar, comprar, vender, exponer y anunciar no sólo se desarrollaría de manera natural, sino que acabaría por crear igualdad en la humanidad mediante la enorme riqueza que produciría. Por ello, las exposiciones universales eran la máxima expresión de la fe en las capacidades civilizatorias del libre mercado y de la economía del laissez faire. Se esforzaban por ser los testimonios más visibles y tangibles de las modernas promesas de libertad e igualdad. De ahí que en la descripción de la Feria Mundial de Londres de 1851 se afirmara que “del mismo modo en que el viento esparce las semillas aladas por toda la tierra, así el comercio propaga las artes, y la civilización, y la humanidad en consecuencia”.”

 

Así, tales eventos fueron considerados tan importantes que hasta el gobierno mexicano –encabezado por el General Díaz- participó en varias exposiciones: el Kiosco Morisco de Santa María la Ribera fue el pabellón de México para las Exposiciones de Universales de 1884 y 1904 en Nueva Orleans y San Luis Missouri, respectivamente; para la Exposición de 1889 –en París- incluso se construyó un Palacio de corte prehispánico como pabellón de nuestro país.

 

Sigo caminando por el Musée d’Orsay, veo jóvenes mujeres, seguramente estudiantes de arte, haciendo bocetos y dibujando en sus cuadernos las obras expuestas. Al ver su concentración, suaves formas y delicadas maneras pienso que son ellas mismas las obras de arte sin darse cuenta. El autor se vuelve la obra. Y entonces caigo en cuenta que Orsay más que un museo es tan bello que por sí mismo es una obra de arte, una obra de arte que guarda dentro de sí otras obras de arte.

 

Escrito por Erick Aguilar

 

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

 

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