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Desde Omitlán, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en una fiesta local en Omitlán, Hidalgo. La llegada fue toda una experiencia en tanto coincidí con una cabalgata ante la cual y amén de la

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en una fiesta local en Omitlán, Hidalgo. La llegada fue toda una experiencia en tanto coincidí con una cabalgata ante la cual y amén de la empinada terracería decidí integrarme. Fue muy pintoresco ver más de 40 caballos con sus respectivos jinetes envueltos en zarapes y chamarras de piel para capotear el frio imperante. Una vez terminada la cabalgata y habiendo llegado al hogar donde se llevaría a cabo la fiesta, la propia familia empezó a servirnos las ricas carnitas y el típico pulque hidalguense.

Ver la presteza y hospitalidad con que las personas de la casa nos atendían, me pareció la antítesis a un artículo de Emilio Lezama (http://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/articulo/emilio-lezama/nacion/2016/08/7/ser-mamon) en el que analíticamente desglosa la incapacidad de la elite mexicana -que fiestea en antros- de relajarse y divertirse, trocando momentos de esparcimiento por momentos de discriminativa separación. Y al mismo tiempo, convirtiéndose en lo que vulgarmente llamamos el fresa/mirrey mamón. Cierto es que la fiesta a la que asistí era en un hogar particular –un cumpleaños- pero también es cierto que hubo amenidades de élite –en clave de Lezama- como caballos bailarines, banda en vivo, etc. pero opuesto a la usanza de ciertas élites mexicanas, lo que viví fue un entorno empático de fiesta y hasta de solidaridad -tuvimos hasta que ir a mover una troca que quedó atascada en el barro justo a la entrada de la fiesta.

Hoy por hoy la exclusión, la discriminación, la mamonería y por consiguiente la agresión son muchas veces el producto de seres humanos tan incompletos e inseguros de sí como para generarse un mínimo de empatía y respeto a sí mismos y por lo tanto hacía los demás. Usando la bandera del dinero, muchas veces el mirrey discrimina a quien cree pobre. Usando la bandera de la (in)cultura, el educado discrimina al naco (tan actual término gracias a los eventos de hace dos días). Usando la bandera de la familia, el fanático marcha contra los gays. Usando la bandera del poder, el corrupto queda impune. Usando la bandera de todos son estúpidos menos yo, cierro el diálogo y la posibilidad de aceptar y –quizá- corregir mi error. San Agustín decía: “[E]rrar es de humanos, lo malo, lo verdaderamente demoniaco está en perseverar en el error”… ¿Por qué nos gusta ser demonios?

Escrito por Erick Aguilar

 Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

Facebook: http://www.facebook.com/ElChicoAutistaDelFeisBuc

Editado por Resilientemagazine.com

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