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Desde Nocheosfera, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en un Tokíntimo, al sur de la ciudad, organizado y alojado por un colectivo de músicos -Moma, la Lengua. El escenario se sitúa en la sala de la

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en un Tokíntimo, al sur de la ciudad, organizado y alojado por un colectivo de músicos -Moma, la Lengua. El escenario se sitúa en la sala de la hospitalaria casa y está enmarcado por una extensión a la que le incorporaron focos cada tres palmos. Entre un caldo de camarón, agua de tamarindo o bien una chela bien fría -todo a disposición del público concurrente que se acomoda como las sillas y bancos lo permiten- el ambiente no puede ser más íntimo, relajado y parsimonioso como para que las musas de la música lleguen.

La skené griega que hoy conocemos como escenario incita la transformación de quien ahí se encuentra. Sea en escenarios formales y consolidados como los de grandes recintos culturales, sea en este espacio íntimo donde me encuentro, quien se sitúa en un escenario se transforma. Escucho la potente de voz de una chica que se baila al ritmo de las percusiones. Luego, ciertos ritmos africanos -posteriormente un buen amigo me explicaría que se denominan ritmos irregulares- acompañados con letras en español emulan en trajín y bullicio de la vida ciudad. Me agito sin darme cuenta y caigo en conciencia de aquella ‘racionalidad no racional’ con códigos y lógica propia que sólo el arte es capaz de provocarnos y que tiene su origen en la sensibilidad humana.

La velada termina temprano, bajo la firma de una poetisa que llaman Kika, o como sus cercanos la denominan: ‘una decidora’. Esta decidora esconde fuego detrás de sus lentes muy cercanos a unos fondos de botella. En su pequeña estatura se incuba un volcán de sentimientos que, cual pegajosa lava, nos quema tan pronto sus palabras se impactan con nuestros oídos. Su ritmo, su vehemencia, su tono, su crítica social y su relato sobre el sexo en los tiempos de un México de feminicidios y de asesinatos son la quinta esencia que cierran, a manera de epílogo, una noche que nos permitió – a todos los ahí presentes- ser testigos de verdadero arte, de aquel que hemos dejado de cultivar y que solo se produce entre seres vivos y sensibles, no entre plásticos artistas de moda -usurpadores del arte. Felicidades a todos y cada uno de los participantes de ese Tokíntimo.

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

Facebook: http://www.facebook.com/ElChicoAutistaDelFeisBuc

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