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Desde Los Pinos, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en el otrora Rancho la Hormiga, que desde el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-1940) es mejor conocido como Los Pinos. Tras una larga caminata por el borde exterior de lo que en su momento fue la residencia oficial del Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, recorrí el Camino de la Democracia el cual está flanqueado por las estatuas de quienes ocuparon La Silla del Águila. Ininterrumpidamente, a la estatua de Lázaro Cárdenas le sigue la de Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán Valdés, Adolfo Ruíz Cortines, Adolfo López Mateos y demás hasta llegar al pasado mandatario.

 

Una vez al pie de la casa Miguel Alemán, atravieso la biblioteca, camino por el cuarto que un letrero presenta como “Oficina Presidencial”, subo las bellas escaleras de lo que parece alabastro, camino entre los pasillos de la planta alta y como muchos otros curiosos estiro el cuello para ver más allá de los cuartos vacíos de piso a techo.

 

Con cierto malestar salgo de la Casa Miguel Alemán. Imagino la recurrente escena de cada 6 años: La llegada de nuevos inquilinos y ocurrencias inverosímiles para hacer “más cómoda” su estancia en el sitio –siempre a cargo del erario público. Quizás un estanque Zen por aquí, quizá una cancha de tenis por acá, quizás una sala de cine por acullá, libros que combinen con la alfombra de la biblioteca, los últimos muebles de piel que vi en tal revista…. No me malinterpreten, cada quien puede hacer en su casa lo que quiera, incluso una cabaña en la azotea o un helipuerto junto a la regadera si bien le place, mi punto es hacer evidente la calidad de arribistas que con preocupante frecuencia se fueron haciendo inquilinos cada 6 años del sitio.

 

De camino a la Casa Lázaro Cárdenas, recuerdo las anécdotas –seguro algunos son mitos- propias de Los Pinos, pienso en un Jim Morrison tocando para el vástago de Ordaz en alguno de estos cuartos, me preguntó dónde estaría el cuarto al que sólo Martita y su santero de confianza podían entrar, intento imaginar el jardín Zen donde Zedillo maquilaba sus pensamientos y tengo la certeza de que existen muchas otras anécdotas que seguro no conoceré y que son más interesantes por decir lo menos.

 

Al terminar mi visita, el morbo se troca en reflexión y veo que el poder que aquí se movía, la influencia que aquí caminaba y la opulencia que aquí habitaba migraron a otra parte –cierto estoy que ellos no mueren por decreto. Lo que hoy queda es sólo un cascarón para curiosos, un acto de despreció a un regimén pasado para quienes saben leer entre líneas. Quizá lo mejor de Los Pinos es la lección de humildad que nos da a través de la ironía de su primer nombre: Tras 6 años de ensoñación aquel que sale del Rancho la Hormiga se da cuenta que al final sólo es una hormiguita más.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

 

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