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Desde las percepciones, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré con datos de percepción interesantes. Según el Informe de 2018 del Latinobarómetro –ONG dedicada a investigar el desarrollo de la economía, sociedad y democracia a través de estudios de opinión pública en 18 países de América Latina- se tiene el siguiente dato respecto a la percepción de corrupción en la región:

 

 “Ante la pregunta si está de acuerdo o en desacuerdo con la frase[,] “Cuando se sabe de algo corrupto es mejor quedarse callado”, [l]a población de América Latina está dividida al respecto [.U]n 48% está de acuerdo y otro 48% está en desacuerdo. Hay mayoría con guardar silencio en seis países: Honduras, El Salvador, Nicaragua, Venezuela, República Dominicana y México. Hay mayoría en desacuerdo con guardar silencio seis países, Perú, Uruguay, Argentina, Costa Rica, Panamá y Chile. […]Al mismo tiempo encontramos una contradicción con la siguiente pregunta. Se pregunta si está de acuerdo o en desacuerdo con “Si no denuncio un acto de Corrupción que tengo conocimiento me transformo en cómplice”. En esta pregunta en la totalidad de los países hay mayorías importantes que están de acuerdo con la afirmación.”(Latinobarómetro, 2018: 63)

 

Lo que se interpreta es que aquellos que deciden guardar silencio frente a un acto de corrupción, lo hacen a sabiendas de que eso los vuelve cómplices. El fenómeno de la corrupción es la marca de Caín de las actuales democracias, en donde a partir de abrir espacios otrora clausurados para ciudadanos, no se pensó en controles para evitar que arribistas, mercenarios e individualistas a ultranza accedieran a posiciones clave en la asignación de recursos –y presupuestos- para el bien común.

 

Es un exceso de lógica pragmática aquello que nos permite tolerar la corrupción en silencio a sabiendas de su dañino flagelo. Pensar que la corrupción es necesaria para que las cosas sigan funcionando no es otra cosa más que hipotecar nuestro futuro como sociedad en manos de seres tan incapaces como faltos de moral. Me causa escozor como a diario se leen reportajes sobre vergonzosos actos de corrupción al grado de que hemos normalizado al corrupto. Aún sigo esperando que el maremoto llamado Odebrecht, que cimbró a varios gobiernos latinoamericanos, haga lo propio en México…parece lejano.

 

Sin embargo, hay algo me alegra mi día a día. Amén de que Dios y mis tres lectores saben cuántos peros le encuentro a las redes sociales y su creciente penetración, hoy sé que con un celular o con una cámara del tamaño de un alfiler es posible exhibir –la mayor afrenta que se le puede hacer a un corrupto- comportamientos indebidos y hasta ilegales. Las clásicas negociaciones en lo obscuro de hace 50 años, hoy son más complicadas –que no imposibles- de realizarse; las denuncias en medios controlados hoy tienen al ciberespacio como aliado y quizá lo más importante, hoy existimos toda una generación que estamos hartos de los malditos corruptos. Eso me da esperanza. Dostoyevski dijo alguna vez que el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos, mutatis mutandis hoy se podría decir que el grado de complicidad de una sociedad se puede medir por el grado de admiración/escarnio que le da a sus corruptos.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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