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Desde la Raza, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré caminando cerca del monumento a la Raza en la zona norte de la ciudad de México. Siempre me ha llamado la atención la forma piramidal del

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré caminando cerca del monumento a la Raza en la zona norte de la ciudad de México. Siempre me ha llamado la atención la forma piramidal del monumento, que intenta rememorar las icónicas pirámides prehispánicas. Con respecto al águila que corona la cúspide, las alas abiertas me  dan la impresión de que dicho animal acaba de aterrizar en el único lugar libre de autos y bullicio urbano.

 

El pasado 12 de octubre se conmemoró el día de la raza, también conocido como el descubrimiento de América. Aún recuerdo cuando dicho día era feriado y los que estábamos en primaria teníamos un día más de asueto, hoy la conmemoración pasa desapercibida para la mayoría de nosotros. No sé si por la teoría que dice que fueron los vikingos y no Colón quien descubrió América; no sé si por cierto odio al colonialismo y sus excesos que tuvieron como resultado un violento encuentro de “dos mundos”; o simplemente por el desinterés generalizado para con nuestra historia pero salvo contadas excepciones como El Colegio de México son pocas las instituciones y los individuos que valoran el 12 de octubre como un hito de encuentro que para bien o para mal nos llevó a ser lo que somos como pueblo mestizo. Murales como la Conquista o el Abrazo de González Camarena, calificados como violentos y sangrientos por algunos, son elementos fundamentales para entender lo que derivó del 12 de octubre de 1492.

 

El anhelo de independencia es inherente al sentido de autodeterminación que se gesta en los pueblos a lo largo de su historia. Recientemente nuestra madre patria -España- se encuentra en un tránsito particular al vivir un intento de separación que bien a bien no puede reivindicarse -o bien descartarse- como un anhelo real sentido por la población en vez de por un grupo torpe de políticos. La historia nos demuestra que los proceso emancipatorios espontáneos -sin pies ni cabeza- tienen costos dolorosos en vidas humanas y que generalmente acarrean más perjuicios que beneficios. ¿Qué hubiera sido de México si como bien lo intentó Primo de Verdad se hubiera negociado y acordado la independencia pacíficamente en vez de por un impulsivo grito de independencia? Quizás nos hubiéramos ahorrado matanzas como las de la Alhóndiga de Guanajuato y más de diez años de guerra civil. Suerte Catalunya

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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