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Desde la Promesa, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré esperando el primer día de la primavera. No es menor decir que en el 2018 viví tres inviernos en el mismo año. El primero hasta marzo, el segundo a mediados de año en el cono sur y el tercero hasta el momento de escribir estas líneas. Todo invierno, por más largo que sea lleva en sí la promesa de una enervante primavera.

 

En plena espera de la primavera, y tras un viaje relámpago a Aguascalientes; me tocó ser testigo de otra promesa. No de cualquier promesa, sino de una que implica padrinos, ritos, protocolo…y alcohol. La cita era el sábado al ocaso. Una hora y media antes de la ceremonia religiosa me encuentro cambiando mi atuendo por uno más formal en los servicios de la central de autobuses. Entre desdoblar la camisa blanca y cuidar que el reloj de pulsera no caiga en orinado suelo caigo en cuenta que no es la primera vez que uso un baño de terminal como vestidor, incluso me sorprendo deseando que aún me resten muchas aventuras que impliquen repetir la escena.

 

A media hora de iniciar con la ceremonia un taxi me deja en el atrio del Templo del Señor del Encino. Veo a la bella novia en el asiento trasero de un auto adornado con moños que se encuentra estacionado frente a la iglesia. Con todo y maletas en mano cruzo el atrio para saludar a las caras conocidas. Me dirijo hacia el novio que lleva una levita impecable y no puedo más que estrecharlo en un sincero abrazo. Hermana y madre flanquean al deslumbrante novio y sus caras reflejan el mismo gran entusiasmo del novio.

 

Tras la protocolaria ceremonia, los votos de por vida y las fotos afuera de la iglesia me dirijo, en excelente compañía, hacia La Hacienda de Vista Hermosa, que se encuentra en las afueras de la ciudad, hacia la salida a Calvillo. El riveresco tono de Gracias a ti anuncia la entrada de los novios al salón. Poco a poco la promesa de amor se vuelve un baile al ritmo de Perfect de Ed Sheeran y por un momento los novios parecen flotar.

 

Entre el banquete y los empujones de la víbora de la mar, me llega un momento de epifanía. Pienso que una boda encierra en sí la promesa de la victoria del amor sobre la muerte. Ésta boda es mi mejor presagio para saber que en la primavera en ciernes no solamente florecerán tiernos capullos sino cosas buenas para quienes han sabido soportar con estoicismo los inviernos más crudos y personales.

 

Más pronto de lo deseado es momento de partir. Una vez más, maletas en mano cruzo el salón e improviso la forma de llegar a la terminal de autobuses. Ya dije que la Hacienda de Vista Hermosa está a las afueras de la ciudad y no hay taxis ni servicios de transporte que lleguen en menos de los 45 minutos que tengo para que el bus no nos deje…pero esa es otra historia, ajena a la que hoy empieza: La historia de Lalo y Rebe. Muchas felicidades.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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