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Desde la Hospitalidad, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré rumbo a una de las centrales de autobuses del sur de la ciudad. El motivo, recoger y hospedar a una gran e hidrocálida amiga. Cabe mencionar

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré rumbo a una de las centrales de autobuses del sur de la ciudad. El motivo, recoger y hospedar a una gran e hidrocálida amiga. Cabe mencionar que cada Feria de San Marcos –de las cuales he dado cuenta en esta columna- dicha amiga junto con su increíble familia me han salvado de dormir a pie de banqueta y me han ofrecido no sólo su casa y una ducha con agua caliente, sino su hospitalidad, risas y tiempo.

 

Es común confundir la hospitalidad con mentas en la almohada, sonrisas de mostrador en algún lobby o incluso con sellos de “sanitizado para su protección”. Recuerdo que alguna vez conocí a una familia que dos veces al año recibía por una semana a un matrimonio proveniente de Canadá. La abuela se la pasaba limpiando la cristalería con vinagre y  prácticamente toda la familia (hijos y nietas) se dedicaba a arreglar la casa para la llegada de dichos matrimonio –las jóvenes no salían más que a la escuela y los adultos interrumpían sus actividades diarias. Una vez en México, el matrimonio sólo dormía en la casa recién limpiada, no buscan convivir con la familia, no cenaban juntos, no se reían de anécdotas y a la menor oportunidad el matrimonio buscaba irse de viaje al interior de la República sin tener la atención siquiera de avisar cuando regresaban por las cosas que dejaban a resguardo en la recién lustrada casa. En las varias ocasiones que presencié dicha escena jamás escuché que el matrimonio le extendiera una invitación a algún miembro de la familia anfitriona para ir a visitar Canadá.

 

En contraparte a lo anterior, mis padres y mis más cercanos amigos tuvieron a bien enseñarme que la hospitalidad es una extensión del cariño. Es compartir desde frijoles al fondo de la olla hasta cenas en algún lugar exquisito. Es hacer acondicionar un improvisado pero no por eso feo cuarto de huéspedes. Es desempolvar el sleeping; sacar cobijas varias y hasta buscar pesto para pasta en el super más cercano. En fin, es crear una cotidianidad-compartida y abrir las puertas de la casa por más grandes o pequeñas que estas sean. Cierto es que el trabajo, las obligaciones y cierta rutina pueden ser obstáculos para recibir visitas, pero también es cierto que si hay verdadero cariño de por medio uno puede compartir su rutina de ejercicios, su día en la escuela y demás actividades con el amigo-viajero. La voluntad y la disposición son lo que determina “si-te-puedo-recibir-en-mi-casa-la-próxima-semana” o mejor aún “cáele-cuando-quieras”.

 

Escrito por Erick Aguilar

 

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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