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Desde  la espera, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré esperando el mejor momento para emprender la marcha. Sabido es que las condiciones del clima, del terreno, de la estación del año, etc. determinan cuándo iniciar

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré esperando el mejor momento para emprender la marcha. Sabido es que las condiciones del clima, del terreno, de la estación del año, etc. determinan cuándo iniciar un viaje o empezar a andar camino. No es lo mismo ni se cargan los mismos enseres en invierno que en verano, en lluvia que en sequía, en la noche que en el día. El camino puede muchas veces ser estático, inmutable, pero todo lo que lo rodea es cambiante, mutable y hasta incierto. Por lo anterior, en cada viaje uno debe observar sus fortalezas y gustos pero también sus debilidades y sesgos. A partir de conocernos podemos saber cuál de todos los entornos posibles nos favorece y cual debemos evitar.

 

Personalmente y en el caso de haber pista, me encanta viajar de noche, menos calor, menos gente, menos distracción y al atravesar grandes y prolongadas rectas de autopista un profundo sentimiento de soledad enmarcado en el playlistque funge como soudtrackde cada viaje me recuerda mi humana condición. Por otro lado en la noche pierdo de vista bellos paisajes diurnos amén de la alta exposición a necesitar ayuda por alguna emergencia y no encontrarla. Con el ejemplo anterior se hace evidente que amén de las preferencias de cada uno al viajar, uno debe ser consciente y buscar las mejores condiciones para emprender la marcha…y eso a veces implica esperar.

 

¿Qué esperar cuando uno está esperando? Y no me refiero a la maternidad de la que habla Murkoff, me refiero a todas aquellas acciones aparentemente pasivas, aparentemente invisibles que se resumen bajo la palabra “espera”. En primera, considero que la espera nos hace más sabios, nos permite pensar y por ende prever. Luego, la espera es un lugar privilegiado para hacernos más observadores, solo esperando y estando aparentemente estáticos podemos apreciar no sólo los grandes sino los pequeños y finos cambios en aquello que nos rodea. Y finalmente la espera nos hace humildes, nos enseña que nosotros no necesariamente  somos quienes marcamos el ritmo de lo que sucede, nos enseña que hay un Ritmo mucho más grande, mucho más continuo y perfecto en el cual a veces tenemos la fortuna de conscientemente insertarnos y palpitar y latir y vivir en consonancia –y no en contrapunto. Y sólo con esa humildad entendemos el lugar que ocupamos en esta tierra y la sabiduría de ese Ritmo perfecto que a veces me da por llamar Dios. Amar la espera es de lo más difícil, sin embargo es una forma, mi forma de acercarme a algo más grande.

 

Escrito por Erick Aguilar

 

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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