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Desde la Charla, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré rememorando una conversación que tuve hace tiempo. Mi sagaz interlocutora y yo hablábamos sobre cómo fue que grandes y esplendorosas civilizaciones fueron colonizadas y deshechas por

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré rememorando una conversación que tuve hace tiempo. Mi sagaz interlocutora y yo hablábamos sobre cómo fue que grandes y esplendorosas civilizaciones fueron colonizadas y deshechas por aquellos que podrían ser considerados bárbaros de su época. Pensemos en que el colonizador europeo de la segunda mitad del milenio pasado logró imponerse ante desarrolladas civilizaciones americanas e incluso asiáticas. Recuerdo que al final de la conversación mi interlocutora me dijo algo así como “…y si eran tan grandes civilizaciones  ¿por qué cayeron en vez de prevalecer en el tiempo?” Mi respuesta fue cuasi-lacónica: “¿Qué te hace pensar que el fin último de una gran civilización es permanecer?”

 

Aún hoy sigo pensando en dicha respuesta y sigo defendiendo que más que permanecer, el fin último de toda gran civilización es trascender: El conocimiento y la filosofía que los derrotados griegos le “prestaron” a sus conquistadores romanos y que hoy sigue resonando en nuestras almas. El exquisito legado de arquitectura y libros que los árabes le dejaron a los españoles después de que estos últimos expulsaron a los primeros de Granada. Y qué decir del tantas veces vapuleado –por decir lo menos- pueblo hebreo, semillero de titanes como Maimónides, Marx, Weber, Freud, Einstein, etc.

 

Un genio del teatro Konstantin Stanislavski dijo con respecto a la belleza que ésta no puede ser creada por el ser humano, en todo caso lo único que puede hacer el ser humano es buscar la mejor manera de exponerla. En pocas palabras la belleza existe con, sin y a pesar del ser humano. Pienso que la trascendencia –y grandeza- de una civilización es algo muy parecido a la belleza a la que alude Stanislavski. La trascendencia de una civilización esta ahí, frente a nosotros por más que belicosos bárbaros o candidatos ignorantes intenten usurparla, enlodarla y esconderla…quizás nuestro deber sea el de repensar al ser humano como un ser de luz llamado a trascender y mostrar –en clave de Stanislavski- dicha trascendencia. Quizás debemos dejar de pensarlo/pensarnos como el homo economicus racional en tanto egoísta, mirreyesco y mezquino. Muy seguramente debemos caer en cuenta que el bienestar del otro y el propio bienestar dependen de la capacidad que tengamos de cooperar juntos, de empezar a hablar de frente unos con otros, con franqueza, con honestidad, sin prejuicios, sin políticos parasitarios y con la intención de construir, de aprender… de trascender conjuntamente.

 

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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