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Desde  João Pessoa, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré llegando a un aeropuerto pequeño, a la espera de que uno de los dos módulos activos de inmigración nos atendiera a los 35 recién llegados. Tras más de una hora de espera, salgo a la pequeña sala general del aeropuerto. Las únicas orientaciones que tengo son una dirección y mapas que imprimí en hojas carta y que muestran con gran zoom la ubicación/distancia entre el aeropuerto y mi próximo alojamiento. No hay gps ni móvil activo. Sigo las indicaciones básicas, las de manual, las de cajón: conseguir moneda local; buscar transporte público; no subir a ningún taxi hasta explorar otras opciones y en su caso haber fijado tarifa del viaje; y parecer lo menos desorientado y turista posible –lo primero se me dificulta.

 

Conforme se hace más y más tarde el pequeño aeropuerto se va tornando aún más solitario; no hay otra opción, hay que tomar un taxi. Con mi precario portuñol pido información del costo de ir a “esta rua” y extiendo la dirección escrita. El hombre detrás del mostrador me pide más detalles y antes de que se me quite la pena de sacar mis mapas impresos él mismo saca su celular y empieza a buscar. Tras el amable gesto del hombre, sus colegas –que me empiezan a rodear- le reclaman algo y mi escaza comprensión sólo me da para entender lo que él les contesta, algo así como “el muchacho solo esta pidiendo información, lo dijo desde el principio”. Los reclamos siguen y mi desconfianza aumenta.

 

24 kilómetros y 90 reales después bajo del taxi, a las puertas de un predio (unidad habitacional), busco el bloco (edificio) y departamento. Toco el timbre interiormente empiezo a conjurar los lestrigones de los que habla Kavafis y antes de que se materialicen se abre la puerta y no puedo evitar llamar ¡Hermano! a quien aparece frente a mí. Lo estrecho en un gran abrazo.

 

El Tropical Bares es un sitio alternativo a la orilla de la playa, el ambiente lo crean los propios clientes, quienes a agradables 23° y con guitarra en mesa entonan canciones que son coreadas por las demás mesas. Bebemos charlamos, reímos y quienes hasta hace un par de horas éramos extraños terminamos disertando sobre si la felicidad es un medio o un fin y si Maradona es más grande que Pele. Mis nuevos amigos me han abierto las puertas de su casa y también las de João PessoaObrigada, muito obrigada.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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