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Desde el Vicio, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré retomando un vicio. En Sudamérica me hice adicto a la emoción de recorrer calles y parques montado en una bicicleta. Aún recuerdo mis largas excursiones de Caballito hacia la Reserva Ecológica de la Costanera Sur, las llamadas bicisendasse me hacían por demás angostas aunque enormemente prácticas para noveles ciclistas con miedo a los vehículos de motor como yo. Supe que el ciclista en mí había nacido el día en que decidí tomar el camino más directo de regreso a casa en vez de tomar la bicisenda. El camino más directo implicaba un recto y largo trecho de la calle Rivadavia –una de las más largas de Bs As- que llegaba a tener hasta cinco carriles. Poco a poco fui pasando del carril de extrema derecha a carriles más centrales para rebasar a los taxis y buses que hacían paradas. Cuando menos me di cuenta la bici ya no tenía una velocidad superior a la cual cambiar e iba a máxima velocidad en el tercer carril de Rivadavia. Quizá fue la adrenalina, quizá fue la inhalación del esmog de los buses pero sentí como aquella tarde de domingo se volvió mágica y supe que ya no tenía por qué temerme un accidente en la bici, por lo menos no en esa tarde, no en ese día, no en esa ciudad.

 

En la Ciudad de México las cosas siempre son distintas. Alguna vez me tocó ser pasajero de un microbús y presenciar cómo el chofer con toda la intención embistió alevosamente a un ciclista, quien gracias a su pericia logró literalmente salvar el pellejo. Desde ese momento me juré nunca andar en bici en la Ciudad de México…pero como bien lo saben aquellos que constantemente van a jurar a la Villa de Guadalupe, hay juramentos que simplemente no se pueden cumplir.

 

Tras un periodo de asimilación y el amable patrocinio velocípedo, retomé ese vicio porteño de no dejar de pedalear hasta sentir el viento en la cara. Ya no en bicisendas, sino ahora en ciclovías, conviviendo con trolebuses, micros, patines del diablo, muchos más ciclistas y el clásico conductor inconsciente, es así como disfruto andar por la zona central de la Ciudad de México. En efecto hay vicios que no se pueden –ni se quieren- dejar. Al final, la única diferencia entre hábitos y vicios es el enorme gusto con que se hacen los últimos.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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