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Desde el horno de piedra, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré aguantando el enorme calor de un horno de piedra. Por segunda vez en mi vida tuve la oportunidad de usar un horno de piedra, la primera vez fue con un horno pequeño, hace algunos años en Querétaro. En Tepacoya, al norte de Guerrero existe una zona donde distintas casas se han levantado en la cima de montañas.

 

Debido a la altura en que se encuentran las casas la vista es increíble, a lo lejos y entre las montañas se alcanza a ver la ciudad de Ixtapan de la Sal en el vecino Estado de México. Por las lluvias todo lo circundante es verde y el calor se torna frío conforme avanza la tarde. En una de estas casas, existe un enorme horno de piedra. Los actuales dueños cuentan que al comprar la casa el horno ya existía y que a diferencia de las demás casas que también cuentan con su propio horno de piedra, este es enorme porque estaba pensado para negocio. Actualmente el horno sólo es usado para producir pan para la casa y no para vender y hoy me dan la oportunidad de usarlo con plena libertad. Desde la mañana hasta media tarde nos dedicamos a aplanar, rellenar, cerrar y hornear centenar y medio de pastes. Todo inició como una salida a campo en donde prometí hornear algunos pastes; tras varios reenvíos de la invitación en distintos grupos de redes sociales los convidados se multiplicaron y mi pánico de tener un déficit de comida me llevó a aumentar el estimado de pastes a preparar, de 40 piezas a casi 150.

 

Cocinar es un hábito que disfruto mucho, hay quien dice que a diferencia de todos los demás animales, el ser humano es el único que cocina. Pienso que la afirmación es más que cierta, por lo que cada que cocinó siento que reafirmo mi condición humana. En mis viajes he preferido ocupar valioso espacio de equipaje con enseres de cocina, como lo demuestra el abollado sartén con que recorrí Sudamérica y que hoy vive en mi cocina, en vez de con otros fundamentales artículos –ropa interior limpia o un par extra de zapatos, por ejemplo. Me gusta cocinar y así como mis abuelos me lo enseñaron, considero que hacerlo es una de tantas formas de expresar cariño hacia los seres queridos. Nunca he considerado tener buen sazón, sin embargo -repito- el cariño, sal, pimienta y la receta de la abuela hacen milagros.

 

Antes de meter los pastes al horno los barnizamos con una mezcla de huevo e ingrediente secreto –ese que un pastero de Real del Monte, Hidalgo me enseñó. Y ya listos para ser horneados no queda más que cuidarme las manos cada que meto los brazos a la boca del horno para colocar las charolas. Hoy, aprendo a usar la larga pala de madera para manipular todo aquello que se encuentra al fondo del horno y que esta a más de 180° C. Me emociona guardar el equilibrio de dicha pala para evitar que las charolas se volteen cada que las saco y bueno, el sabor de un horno de piedra calentado con leña se nota en los ricos pastes que poco a poco van saliendo. Muchos de los comensales fueron de invaluable ayuda a la hora de la preparación y no queda más que disfrutar un sabroso paste, en especial cuando se trata del reputado paste de arroz con leche, en medio de tan bello escenario. 

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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