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Desde Coyoacán, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en Coyoacán. Al tiempo de paladear un buen choco tibio y transitar por el clásico empedrado de la Jardín Hidalgo, me deleito viendo la vida danzar

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en Coyoacán. Al tiempo de paladear un buen choco tibio y transitar por el clásico empedrado de la Jardín Hidalgo, me deleito viendo la vida danzar en la forma de niños correteando, parejas riendo, jóvenes vendedores hostigando a quienes se sentaron en la bancas para descansar los pies e inclusive uno que otro perro ladrándole a las palomas –asumo que es su forma de reclamar que ellas puedan volar y él no- me hace reír interiormente.

Es increíble la capacidad que tienen los cafés urbanos de reunir a las personas. Recuerdo que muchas vanguardias literarias se han gestado al interior de cafés europeos entre una y otra ronda de expresos y cortados. Incluso falanges políticas han tenido su origen al interior de las puertas de un café. En nuestro caso y más allá de establecimientos mercantiles cerrados, podemos disfrutar del día/tarde/noche mientras sorbemos el caliente pretexto para entablar una plática, o bien mientras degustamos el amargo desahogo de nuestras inquietudes bajo la forma de un vasito de cierto oriundo de Veracruz.

El amigo que nos lleva por un café, la plática que incluso hace participe al desconocido que nos oye por casualidad, el brebaje típico de un café o un “choco tibio” –mi favorito- , la conciencia del  estar-ahí y la valentía de ser feliz en un mundo de ofensiva frivolidad…tal vez la vida no es tan complicada.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

Facebook: http://www.facebook.com/ElChicoAutistaDelFeisBuc

Editado por Resilientemagazine.com

 

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