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Desde el congal, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en un evento organizado por un político local para festejar el día del padre en el Cerro de la Estrella, lugar populoso del oriente de la

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré en un evento organizado por un político local para festejar el día del padre en el Cerro de la Estrella, lugar populoso del oriente de la Ciudad de México. El evento dio cabida a 1000 hombres y consistió en un desayuno, show de mariachi, show de un grupo musical y dos sesiones de rifas. Cabe mencionar que los dos shows tenían la característica de ser realizados únicamente por mujeres. El mariachi estaba conformado por alrededor de doce mujeres quienes tocaban los instrumentos típicos del conjunto tapatio. El segundo show estuvo a cargo de cuatro mujeres, una de las cuales formó parte de un grupo musical que fue medianamente famoso hace casi una década y que hoy solamente el atractivo visual de recientes integrantes –sin micrófono para cantar- mantiene a flote.

 

La idea de consentir a los hombres con shows donde mujeres estan dispuestas a mostrar su cuerpo como el principal atractivo es vulgar y se vuelve grotesco cuando son las mismas pseudo-artistas quienes exclaman frases como “a la mesa que más me aplauda le hago tubo al final del show…méndigos hombres, son bien mentirosos”. Un círculo vicioso se gesta cuando la falta de respeto hacia el público y la falta de talento artístico por parte de quien esta sobre el escenario se encuentra con la falta de modales y nula capacidad crítica para juzgar la calidad de una presentación por parte del público.  Así, el público no espera una presentación que sublime sus sentidos sino –celular en mano- cueros y curvas que alimenten su morbo y sobre el escenario, quien usurpa el nombre de artista, no se preocupa por dar lo mejor de sí en la presentación, sino simplemente en exponerse lo menor posible ante una jauría de perros en brama.

 

Atrás quedo aquella época que Stefan Zweig reseñaba en su libro El mundo de ayer como una en la cual todo habitante vienés del siglo XIX, pobre o rico, era exigente cuando presenciaba cualquier espectáculo. Viena era la capital en donde todo actor precisaba de dar sus más grandes esfuerzos porque ahí cualquier fallo, cualquier duda o inseguridad en la presentación eran percibidos por los ojos entrenados de un público conocedor. Existe una relación directa entre otorgarle calidad de artistas a cualquier zafio usurpador y votar por servidores públicos inútiles y nocivos para la país. La política no es otra cosa que la capacidad de poder diferenciar para posteriormente elegir entre lo hermoso y lo horrible; entre lo sublime y lo vulgar; entre lo cierto y lo falso; entre la belleza y lo ruin. Y este buen juicio sólo se obtiene cultivando las bellas artes -pintura, música, danza, arquitectura, escultura, literatura- no aplaudiendo la mediocridad sobre un escenario.

 

Escrito por Erick Aguilar

 

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

 

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