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Desde  Bogotá, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré recordando mis pasos en Bogotá, Colombia. Recuerdo haber bajado del avión y debido a que mi siguiente conexión demoraba 10 horas decidí salir del aeropuerto y

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré recordando mis pasos en Bogotá, Colombia. Recuerdo haber bajado del avión y debido a que mi siguiente conexión demoraba 10 horas decidí salir del aeropuerto y a vuelo de pájaro visitar rápidamente una mínima parte del centro de la ciudad. Afortunadamente amigos ya me habían recomendado qué hacer y a dónde ir con el fin de aprovechar mi corto paso por el lugar. Lo primero fue convencer al oficial de migración de que en mi condición de mexicano joven que viaja solo no llevaba otra cosa en mi backpack que ropa y una laptop. Es frecuente que a los varones jóvenes o viajeros solitarios se les vea con sospecha de mula de algún cartel. Una vez superado el filtro de migración tomé el Transmilenio –sí, el bus sobre el cual esta inspirado ese gusano rojo llamado metro bus que atraviesa la Ciudad de México- y me dirigí hacia la Plaza Bolívar, el equivalente al Centro Histórico.

 

Una vez cerca de la plaza caminé y me topé con un expendedor ambulante de guarapo, esa exquisita y dulce bebida cuya pinta verdosa desanima al más sediento pero cuyo sabor me recuerda una bochornosa parada de camión en una Cuba de hace 10 años. Ver la sobrepoblación de palomas, el Congreso y la amplia plaza fue una agradable sorpresa para mí en tanto siempre busco la traza romana de iglesia-Estado-mercado en todo centro urbano al que llego. En el momento de comer seguí mi instinto el cual me llevó a un lugar donde sabía que tenía que pedir una bandeja paisa –aún sin saber en qué consistía el platillo. Mi única pista al respecto era la estricta recomendación culinaria de mis amigos. Debo acotar que después de tres meses viviendo a base de raciones y porciones mínimas, la bandeja paisa fue todo un desfile de sabor en grandes cantidades, por fin una porción decente que superaba la magra ración ibérica.

 

Una vez comido, me dediqué a caminar y comprar ciertos recuerdos para los seres amados. Viene a mi memoria un particular monedero con el nombre de Colombia bordado, que me parecía sería un excelente complemento para cierto zapatito flamenco. En una época donde las postales están en desuso, nada como ciertos detallitos que en el fondo buscan decir “Te Amo” y “Te recuerdo”, por más cursi que pueda sonar. Antes de ponerse el sol, con granos de café cubiertos de chocolate y demás recuerdillos en la mochila emprendí mi regreso al aeropuerto, regreso que se me complicó por haberme subido al Transmilenio en otra estación a la que originalmente llegué. Así, con cierta premura y con el reciente trauma de haber perdido un avión Madrid-Budapest corrí para no perder mi conexión y regresar a casa, a mis libros y a mis domingos de solaz y bobo esparcimiento…así fue.

 

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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