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Desde  Aguascalientes, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré asistiendo un año más a la Feria Nacional de San Marcos en Aguascalientes. Es en marzo cuando un cosquilleo inicia en mí y poco a poco se expande al grado de obligarme a dejar todos los pendientes de la rutina aunque se por un par de días. Cómo cualquier contrabandista procuro robarle un fin de semana a ese tirano llamado “Agenda llena” y buscando cómplices salgo de madrugada desde la terminal del norte para en poco menos de seis horas estar en Agüitas. Mal dormido y con mi clásica mochila de viaje mis confiables y queridos anfitriones pasan por nosotros a la terminal de autobuses. Tras la clásica cuota de una torta cubana y uno que otro encargo raro tenemos asegurado techo, lecho, comida, baño y risas por los siguientes dos días.

 

Siempre es un gusto andar por las calles del centro de Aguascalientes en dirección al Jardín San Marcos. En su plaza de armas me propongo recordar de memoria a los tres presidentes emanados de la Soberana Convención de Aguascalientes en 1914: Eulalio Gutiérrez, Roque González Garza y Francisco Lagos Cházaro -por si tenían el pendiente. Me vuelvo a impresionar con el dominio de la plaza que ejerce esa águila de alas extendidas creada por las manos de mi recientemente valorado  Jesús Fructuoso Contreras –escultor consentido del porfirismo. Y debo confesar que en la noche al ritmo muchas tamboras y bulla no tengo reparo en intentar emular el ritmo etílico del inmortal José Guadalupe Posada. La noche de Feria es noche de gente, de música, de casino, palenque y de largo caminar. Al día siguiente el espíritu regresa y la resaca se remedía con un almuerzo de buenos tacos de barbacha. Poco después del mediodía y con el gusto de salir a pista en compañía de entrañables amigos tomamos camino hacía la presa de Mal Paso, en el municipio de Calvillo. De camino la parada obligada es para comprar chamucos y ate de guayaba; de ese que cuando lo comamos a lo largo del año no sólo endulzará el paladar sino que nos hará recordar los buenos y dulces momentos de la Feria en tiempos de soledad, cuando la tambora este callada y por las calles solo vaguen sombras. Con el hambre ocupando un asiento más en el auto de nuestros anfitriones, llegamos hasta un lugar a orillas de la presa de Mal Paso; comemos, contemplamos el gran cuerpo de agua y las motos acuáticas que por ahí serpentean cual abeja en jardín. Tras los ricos mariscos, retozamos en el verde pasto y damos un pequeño paseo por la cortina de la presa. Respiramos y entiendo que hoy es un buen día para estar vivo.

 

Y así como salimos, en calidad de contrabandistas, regresamos de igual manera. La noche del domingo y las primeras horas del lunes son el telón de fondo por el cual transita el autobús que nos regresa a la vida diaria. Las 6 am es buena hora para llegar a la central de autobuses y subirse al metro, o quizá valga la pena esperar un poco, buscar una sala con poca gente, sentarse, recargar el molido cuerpo y aún con el sueño en los ojos mandar un pensamiento –y mensaje de texto- a los buenos amigos que nos honran con su cariño y que no dudan en hacernos gritar cada año: ¡Viva Aguascalientes´n!

 

Escrito por Erick Aguilar

 

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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