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De lo tradicional hacia lo moderno: México

Durante el proceso de transición de nuestra sociedad comenzamos a dejar de ser de esos mexicanos nacidos del maíz, nutridos por el cacao y con venas tan fuertes como las pencas del maguey; de esos

Durante el proceso de transición de nuestra sociedad comenzamos a dejar de ser de esos mexicanos nacidos del maíz, nutridos por el cacao y con venas tan fuertes como las pencas del maguey; de esos comprometidos, que aferrando sus pies como raíces a la tierra, se empeñaban en producirla, siendo mexicanos curtidos por sus ideales, tan sedientos de oportunidades, soberanía y libertad como de tequila, sotol y mezcal. Esos mexicanos para los que cada amanecer era como el llamado impostergable de aquel antiguo cañón para hacer temblar la tierra a través del trabajo diario, evocando Nuestro Glorioso Himno Nacional «Y retiemble en sus centros la tierra al sonoro rugir del cañón…»

Camino a lo moderno, nos permitimos mudar de piel. Sí. La piel de esos mexicanos recios como el ardiente Tonatiuh (Dios Sol), aquellos de pocas palabras con mirada fija pero honesta que siempre traían machete o pistola pero que rara vez utilizaban, pues sabían que apalabrado el asunto y con un apretón de manos franco todo se cumplía tal cual se pactaba siendo la palabra ley para todos los hombres de honor. Dejamos de ser de aquellos auténticos mexicanos aguerridos como el jaguar y con ello fuimos olvidando ser ese pueblo que se identificaba con sus líderes, con sus generales por sus valores y filosofía. Ese pueblo que verdaderamente elegía causas surgidas de las necesidades de todos, mientras hoy nuestra sociedad se divide entre partidos y gusta de elegir colores. Dejamos de ser ese pueblo que luchaba por sus derechos manifestando su inconformidad sin bajar los brazos, sin dejar de cultivar la tierra, en tanto hoy se nos invita a protestar con brazos caídos y parar el país. Tristemente dejamos de ser esos mexicanos que nos dolía el prójimo cuando este padecía o esos mexicanos que ayudaban que compartían lo que tenían. Olvidamos corresponder a los detalles, a la nobleza e interés del vecino, paisano hacia nuestro propio bienestar. Dejamos de ser de esos mexicanos que sentían como familia a su comunidad entera. Cambiamos los ideales y el bien común, seducidos por el egoísmo o cautivos del temor. Dejamos atrás ese gran pueblo mexicano que primero creyó en sí mismo y después dio pie a formar y establecer instituciones en las cuales confiar. Y no contentos con eso, dejamos de vigilar y participar de aquello por cuanto lucharon nuestros antecesores, cayendo en la apatía entregando toda responsabilidad a otros.

Quedamos dormimos en nuestros laureles y los otros aprovecharon nuestro adormecimiento e indolencia para hacer lo que los huracanes a nuestras costas, lo que los incendios a nuestra Sierra Madre, lo que los conquistadores españoles a nuestra Tenochtitlán. Hoy cada mexicano que se precie de amar a México es el jade, oro, plata, ámbar o plumas de quetzal que le puede devolver su esplendor. Pero también, hoy las mujeres podemos día a día levantarnos con las enaguas bien puestas y los hombres pueden retomar esa esencia que caracterizaba a los mexicanos de antaño. Todos podemos ser mexicanos de antaño, valientes, libres, comprometidos, responsables, trabajadores. Podemos hacer todo esto el propósito de hacer con pasión, dedicación, paciencia y fuerza. Empeñemos nuestra palabra e intención sumando. Sí al hacer o emprender algo positivo pensemos “Va por mí, por mi familia, por mi México”. Seguramente tendremos mejores resultados. Hoy reflexionemos sobre qué podemos hacer y proponer con nuestro ejemplo, para ser mejores personas, mejores en lo que nos ocupa. Cuestionemos el punto en que podemos ser y hacer la diferencia entre lo que hoy somos México y el pueblo que podemos llegar a ser. Suena idealista e utópico pero si cada uno poco a poco hiciéramos esto día a día, lo aspiracional se traducirá en realidad.
Es hora de reconstruir esta sociedad mexicana pérdida, apática e indolente que admira pero no se anima a recuperar sus bondades de antaño.

Escrito por:

Araceli Guerrero.

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